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Jode pensar que todos tus mejores momentos han sido polvo. Que todas las cosas por las que habrías matado ya no existen y saber que nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto. Y duele. Duele saber que tu vida ha sido una colección de estaciones vacías en las que no pasaba ningún tren que tu querías coger. Que todo lo que has hecho te vale para lo mismo que nada. Cero a la izquierda y empieza a sumar.
A partir de entonces, el resto es fácil. A la derecha están las glorias, y las ganas, y todos esos momentos por los que habrías vendido hasta el culo. A la izquierda están todas tus pajas mentales y todos esos sueños que nunca cumpliste por miedo. El resultado depende del número de comas. Del número de veces que has gritado. De todos los días que has perdido. Y de los callejones. De todos los callejones que te alejaron un día del buen camino.
Y entonces, una vez hayas hecho el balance mortal de todo, pregúntate porque. Porque te pierdes. Porque no vives. Porque tus labios dicen no y tu cuerpo dice que sí. Cuanto tiempo hace que te miras en el espejo y no te gustas. Pregúntate porque gritas. Y porque nadie te escucha. Pregúntate acerca de tus miedos. Cuantos días hace que duermes solo. Pregúntate sobre todas las cosas que has dejado atrás.
Al final, te vuelves loco. Tan loco que ya no te ves ni en el espejo. Tanto que ni siquiera sabes donde estás y empiezas a preguntar a los que están a tu lado como has llegado hasta allí. Las respuestas solo las sabes tú. Las mentiras solo las dice tu piel.
Pregúntate porque te das asco y miedo. Pregúntame porque ya no te quiero. Cobarde.