Yo, puta. De las de saldo y esquina. Por vocación, porque no sé hacer otra cosa, por joder. Yo que sé. No lo elegí o lo hice a medias. Ni siquiera me acuerdo. Por aquél entonces era joven y dije
‘solo una temporadita’. Y aquí me tienes, perra vieja y sin saber hacer otra cosa. Porque eso sí,
follar se me da de puta madre. Y mis orgasmos ganan el ojcar a la mejor
actriz del
jolibú ese tía.
Los clientes son todos muy simples. Vienen, me cogen, me preguntan casi avergonzados que cuanto cuesta. Me poseen a medias, creen en mis gritos de satisfacción
y se sienten mas machos por haberle dado lo suyo a una puta y contarlo a los colegas en el bar. Lo que no les cuentan es que la zorra llora después de cada polvo.
Que se ducha obsesivamente intentando borrar los rastros de todos los hombres que la han querido mal. Que tiene la habitación llena de recortes de periódico de quien sabe que.
Así que nada,
mi vida es una mierda y lo sé. A veces me gustaría irme a ninguna parte y no volver. Hoy ese sueño es realidad. Después de 56 pastillas moradas
empezaré a soñar para siempre.