
Y mientras, tú me invitabas a beberte el alma a sorbos. A tragar mercurio y a escupir fuego. A saber lo que era quererte de verdad. Tú y tus miedos al lado de ese dragón en el Park Güell, en esa Barcelona embrujada que tanto conocíamos y, a la vez, nos seguía pareciendo una gran desconocida. La que nos había visto nacer y escondernos, mirarnos muertos de ganas y besarnos detrás de un biombo. Engullir esa dosis mortal de cicuta que nos iba a llevar al mas doloroso de los infiernos, el de morir lentamente por y para el amor. Sabíamos que nos quedaba poco y nos devorábamos con avidez. Con la ansia de los que se pierden y no pueden hacer nada por pararlo.